¿PicoSatélites Colombianos con Robots Mexicanos?
By Dr. Luis Alberto Muñoz Ubando
La Universidad Sergio Arboleda (U. Sergio Arboleda) en Bogotá, halogrado distinguirse en varios sectores de las ciencias humanas. Como toda Universidad, la U. Sergio Arboleda es dirigida por un rector. Un buen día, el rector se dio a la misión de ofrecer una visión holística para la universidad bajo su responsabilidad : impartir matemáticas, filosofía y astronomía. En la actualidad, su esquema de admisiones es tan flexible, que hay casos de estudiantes de quince años de edad a punto de graduarse de la licenciatura en matemáticas. Además, la U. Sergio Arboleda posee el Observatorio Astronómico más importante de Colombia y hay que decirlo, es una universidad privada.
El financiamiento de la investigación y de proyectos especiales surge de las colegiaturas, más algunas participaciones privadas. Una vez consolidadas las iniciativas en Astronomía y ofreciendo servicios de divulgación a la comunidad, el rector apareció nuevamente con la iniciativa de solicitar un nuevo proyecto, esta vez orientado a la ingeniería. Con la influencia y las perspectivas que ofrece la astronomía, lo natural era ahora intentar llegar al espacio, a como diera lugar. La propuesta inicial fue la de hacer un cohete. ¿ Rocket Science revisited ?. No exactamente.
Con el objetivo de cumplir con los deseos del rector, se decidió invitar a algún investigador colombiano de renombre internacional para solicitar su asesoría en dicho proyecto. En aquellos días, César Ocampo, colombiano de nacimiento y actual investigador en la Universidad de Texas en Austin, acababa de recibir un reconocimiento importante por el diseño de una estrategia para recuperar un satélite que se encontraba fuera de órbita. Ocampo propuso utilizar un remanente de combustible disponible y “empujar” el satélite hacía la Luna para que éste tomase fuerza, poder regresar a la tierra, y acelerarse lo necesario para, finalmente, colocarse en la órbita inicialmente programada.
Esta fue la primera ocasión en que un proyecto de dicha naturaleza tenía éxito. El proyecto involucró aspectos de investigación básica y por supuesto de desarrollo tecnológico y fue financiado por la misma empresa que lanzó el satélite. En una visita de Ocampo a U. Sergio Arboleda, se le planteó al profesor Ocampo el interés de tener su cooperación para incursionar en el diseño de cohetes. Ocampo manifestó de inmediato lo complejo que podría ser armar un cohete y le hizo una mejor propuesta: construir y poner en órbita un pico-satélite.
Robert Twiggs, amigo de Ocampo y profesor de la Universidad de Stanford, llevaba algunos años trabajando en un modelo tecnológico que permita a estudiantes universitarios desarrollar tecnología satelital. El reto no es solamente construir un satélite, sino también encontrar todos los mecanismos para que el satélite no se quedará almacenado – como ha sido el destino de muchos proyectos universitarios – sino que viajara al espacio. Antes de hacer el análisis financiero correspondiente, se plantearon el reto tecnológico de construir un satélite para telecomunicaciones, captura y transmisión de imágenes, así como portar páneles solares. Sin embargo el primer objetivo del proyecto fue, a recomendación de Ocampo, aceptar el reto de hacer algo relativamente modesto.
Veintiséis meses después, la U. Sergio Arboleda pasaba a la historia mientras que los participantes escuchaban los “BIPS” enviados por el Satélite “Libertad I”, permitiendo a los colombianos arrancar su carrera satelital. El “Libertad I” es un pico satélite con dimensiones de 10cms x 10cms x 10cms – un poco más grande que una cajita de Chocolate Abuelita – cuyo peso, según especificaciones, debiera ser menor a un kilogramo. A la altura en la cual fue depositado por el cohete soviético “Dnepr” – un ex-misil jubilado gracias al fin de la Guerra Fría que despegó desde el Baikonur Cosmodrome en Kazakhstan, en la Ex-Unión Soviética – el “Libertad I” da vueltas completa a la tierra en 90 minutos y envía señales de vida a la tierra, sobreviviendo por unos meses a las rudas condiciones que implica sobrevivir al espacio. El “Libertad I” no fue el primer satélite del mundo, pero si el primero implementado y construido por estudiantes desde una universidad lationamericana. El equipo conformado por Andrés Alfonso, Iván Luna, César Valero, Paul Núñez, Josiph Toscano, Miguel Ariza y Raúl Joya logró concretar y resolver todos los pormenores que implican la construcción de un satélite: la integración eletrónica, la programación de los dispositivos, el diseño de liberación de las antenas, así cómo el manejo y uso de las señales que finalmente serían transmitidas a la Tierra.
En opinión del coordinador del Proyecto CubeSat del Politécnico de California, ésta ha sido la experiencia que menor tiempo tomó, partiendo desde el plantemiento de la idea hasta la realización de la misión. Tuve oportunidad de preguntar a él y al equipo colombiano a que creían que se debiera dicho desempeño. Ambos coincidieron, unos como agentes vinculadores de la tecnología, el otro en su calidad de asesor principal del proyecto, en que fue la determinación y la disposición de ambas partes la que permitió lograr los objetivos.
He platicado por más de 100 horas con los autores del proyecto, tanto en Colombia como en México, y puedo decirles, sin duda alguna, que para estos colegas, los problemas significan en cada momento una oportunidad para innovar. A partir de mi experiencia en distintos paises y laboratorios de investigación, me niego a categorizar a las instituciones, pero sí puedo decir algo sobre la gente. Quizás nada nuevo, pero la tecnología actual y sus enormes posibilidades van modificando las perspectivas de como un equipo de ingenieros puede trabajar. Las escuelas privadas son, en parte, producto de la lentitud con la que los países se van comprometiendo con el desarrollo. Al existir una demanda importante, la educación se convierte en un servicio redituable.
Pero también hay universidades privadas cuya misión se va logrando, sin chistar, hacia la consolidación de instrumentos para el cumplimiento de su objeto social: apoyar el desarrollo humano a través de la asimilación científica y la perspectiva de la incursión tecnológica. Pareciera que la investigación y el desarrollo tecnológico en aquellas instituciones que estén dispuestas a innovar, eliminar prácticas burocráticas, permitir a los innovadores trabajar a sus anchas con sus horarios – por más caprichosos que sean – será el motor de desarrollo que tanto nos urge a las economías emergentes.
En el Laboratorio de PicoSatélites de la U. Sergio Arboleda hay un gran pizarrrón, se permite escribir también en los cristales, hay una máquina para hacer café y sobre todo, nadie está cuidando que se rayen las mesas. En la U. Sergio Arboleda todos los niveles administrativos, secretarias, profesores, estan conscientes que entre mejor le fuera al proyecto, mejor le iría a su Universidad y al apoyar un proyecto de tal envergadura nadie pone en riesgo su “hueso”: ni hoy, ni mañana. He tenido la oportunidad conocer algunas de las mejores universidades en el mundo y creo que dicho “modelo” de apertura e innovación empieza a funcionar en dónde se lo proponen. Un equipo innovador, abierto, competitivo, dificilmente se caracteriza por el color de su camisa, sino más bien por la flexibilidad y trasnparencia de sus acciones; los alumnos participan al tú por tú, presentan ellos mismos los resultados, y los líderes académicos atestiguan – y celebran – el crecimiento de sus alumnos.
La robótica tiene un camino muy largo por recorrer dentro del mundo de los CubeSat’s. Tan solo pensar en la posibilidad de hacer un “Transformers-like robots” que pueda viajar empaquetado y al ser liberado junto con su CubeSat pueda reconfigurarse y poder controlar una cámara, le permitiría hacer y obtener imágenes, transmitirlas y hasta ser telecontrolados a distancia. Sería fabuloso poder contar en la Península de Yucatán con un set de picosatélites que nos envíen información, digamos, cada 5 minutos sobre las condiciones climáticas y sobre todo, el poder conocer el efecto de las actividades humanas en el territorio.
Pasé cinco años de mi vida trabajando en manos robotizadas en un proyecto que fue iniciativa de la Agencia Espacial Francesa. Hoy, 15 años después, comienzo a pensar de nuevo que con todos los avances de miniturización deberé continuar mi investigación sobre las manos robotizadas, las cuales podrían algún día ayudar a reparar picosatélites, intercambiar piezas, remplazar celdas solares, etc.
Mi amigo Andrés, quién también es un apasionado de la robótica, me ha dicho varias veces que ese tipo de aplicaciones nos toca a nosotros hacerlas: robots multifucionales viajando y trabajando con esos diminutos satélites. Despues de todo, incursionar en el diseño de tecnología implica hacer simplemente cosas nuevas con la ya existente e ir acrecentando, poco a poco, el acervo técnico con lo que posteriormente se desarrollán patentes y modelos de utilidad. El valor agregado dependerá, a la larga, del costo de oportunidad que pueda financiar un desarrollo concreto, con fines redituables. La pregunta obligada fue : Y ¿ cuánto les costó el proyecto en su totalidad? Respuesta: 250 mil dólares. Que pueden ser muchos o pocos dólares, dependiendo de si se quiere hacer o se quiere justificar que es imposible. Por todo lo demás, la metodología está probada.
En The Robotics Institute of Yucatán hemos empezado a trabajar en la concepción, diseño y control de un robot denominado el CSTR-I (CubeSat TRiy Robot) el cual estará a cargo de portar y manipular una camarita de video, con la que se pretende que el futuro satélite de la U. Sergio Arboleda, el Libertad II, pueda hacer visión activa, al tomar imágenes tanto del espacio como de la superficie de la tierra, ambos escenarios telecontrolados desde nuestro planeta. Tenemos como meta, para finales de verano del 2009, hacer pruebas de telecontrol del CSTR-I en un CubeSat lanzado a las alturas por medio de un globo.









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Conversaba con Alberto Muñoz por medio del chat de Gmail cuando me envió la liga del pico satélite, así que me enteré de lo que es.
Interesantemente he tenido oportunidad de ver un laboratorio de robótica en la Universidad de Edimburgo (Escocia) donde hacía su doctorado Arturo Espinosa quien a su vez es amigo de Alberto. Esos 15 años que menciona Alberto son parte de las conversaciones entre Arturo y Alberto que he hilado, por lo que ahora veo el resultado y me es grato conocer los logros alcanzados en América Latina. La propuesta de “todos unidos por un proyecto” de la Universidad Sergio Alboreda la tomo como un proyecto de trabajo muy optimista y con visión a futuro, lo cual deja en claro que profesionales con visiones y vivencias internacionales pueden generar poyectos como este, de utilidad escalable.
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